martes, 20 de septiembre de 2011

El bosque encantado

Oculto en una pequeña aldea de Victoria en Marysville, sudeste de Australia, se encuentra un mundo mágico donde el escultor Bruno Torfs lleva 25 años contribuyendo con su obra a combinar la belleza de su arte con la belleza de la naturaleza que lo rodea. Nacido en Sudamérica, a los 15 años su familia emigra a Europa en busca de nuevas oportunidades. Sus continuos viajes, a veces solo y a veces con su mujer Marleen, van formando la personalidad del artista, que la va reflejando en forma de cuadros y esculturas. Después de varios años de vivir así, Bruno y su familia deciden irse a Australia para crear un jardín con sus esculturas que sea a la vez una atracción permanente. Tras encontrar el sitio ideal en la pequeña aldea en cinco meses consigue abrir el parque al público. Bruno comenzó con apenas 15 esculturas y a día de hoy se pueden encontrar más de 150 y continúa añadiendo algunas cada cierto tiempo. Se ha quedado a vivir allí con su familia en ese espacio de selva tropical que el compró para poder vivir también con sus obras.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La Naturaleza por Etckart Tolle



Dependemos de la naturaleza no solo para nuestra supervivencia física.
También necesitamos la naturaleza para que nos enseñe el camino a casa, el camino de salida de la prisión de nuestras mentes.
Nos hemos perdido en el hacer, en el pensar, en el recordar, en el anticipar:
Estamos perdidos en un complejo laberinto en un mundo de problemas.
Hemos olvidado lo que las rocas, las plantas y los animales ya saben.
Nos hemos olvidado de ser: de ser nosotros mismos, de estar en silencio, de estar donde esta la vida.

AQUÍ Y AHORA

Llevar tu atención a una piedra, a un árbol o a un animal, no significa pernsar en ellos, simplemente percibirlos darte cuenta de ellos.
Entonces se te transmite algo de su esencia.
Sientes lo profundamente que descansa el ser, completamente unificado con lo que es y con donde está.
Al darte cuenta de ello, tu también entras en un lugar de profundo reposo dentro de ti mismo.
Cuando camines o descanses en la naturaleza, honra ese reino que permaneció allí plenamente.

SERENATE, MIRA, ESCUCHA

Observa como cada planta y animal son completamente ellos mismos.
A diferencia de los humanos, no están divididos en dos.
No viven a través de imágenes mentales de si mismos, y por eso no tienen que preocuparse de proteger y potenciar esas imágenes.
Todas las cosas naturales, además de estar unificadas consigo mismas, están unificadas con la totalidad.
No se han apartado del entramado de la totalidad reclamando una existencia separada: “Yo “ el gran creador de conflictos.

Tú no creaste tu cuerpo y tampoco eres capaz de controlar las funciones corporales.
En tu cuerpo opera una inteligencia mayor que la mente humana.
Es la misma inteligencia que lo sustenta todo en la naturaleza.

Para acercarte al máximo a esa inteligencia, sé consciente de tu propio campo energético interno, siente la vida, la presencia que anima al organismo.

Cuando percibes la naturaleza solo a través de la mente, del pensamiento, no puedes sentir su plenitud de vida, su ser.

Solo ves la forma, no eres consciente de la vida que la anima, del misterio sagrado.

El pensamiento reduce la naturaleza a un bien de consumo, a un medio de conseguir beneficios, conocimiento o algún otro propósito práctico.

Observa, siente un animal, una flor, un árbol y mira como descansan en el ser


Cada uno de ellos es él mismo. Tienen una enorme dignidad, inocencia, santidad.
En el momento en que miras mas allá de las etiquetas mentales, sientes la dimensión inefable de la naturaleza que no puede ser comprendida por el pensamiento.

Es una armonía, una sacralizad que además de compenetrar la totalidad de la naturaleza, también esta dentro de ti.

El aire que respiras es natural, como el propio proceso de respirar.
Dirige la atención a tu respiración y date cuenta de que no eres tú quien respira.
La respiración es natural.
Conecta con la naturaleza del modo más íntimo e interno percibiendo tu propia respiración y aprendiendo a mantener tu atención en ella.
Esta es una práctica muy curativa y energizante.
Produce un cambio de conciencia que te permite pasar del mundo conceptual del pensamiento al ramo de la conciencia incondicionada.


Necesitas que la naturaleza te enseñe y te ayude a reconectar con tu ser.
No estás separado de la naturaleza.
Todos somos parte de la Vida Una que se manifiesta en incontables formas en todo el universo, formas que están, todas ellas, completamente interconectadas.

Cuando reconoces la santidad, la belleza la increíble quietud y dignidad en las que una flor o un árbol existen, tú añades algo a esa flor o a ese árbol.
Pensar en una etapa en la evolución de la vida.

La naturaleza existe en una quietud inocente que es anterior a la aparición del pensamiento.
Cuando los seres humanos se aquietan, van más allá del pensamiento.
La quietud que está mas allá del pensamiento contiene una dimensión añadida de conocimiento, de conciencia.

La naturaleza puede llevarte a la quietud. Ese es su regalo para ti.
Cuando percibes la naturaleza y te unes a ella en el campo de la quietud, este se llena de tu conciencia. Ese es tu regalo a la naturaleza.

A través de ti, la naturaleza toma conciencia de sí misma.
Es como si la naturaleza te hubiera estado esperando durante millones de años.

FIN

jueves, 15 de septiembre de 2011

LA ALGARROBA - LEYENDA QUICHUA



Era en tiempos de los Incas. Los quichuas adoraban con sumo respeto y con las principales honras a Viracocha, señor supremo del reino. También adoraban a Inti, a las estrellas, al trueno y a la tierra.

Conocían a esta última con el nombre de Pachamama, que es como decir “Madre Tierra” y a ella acudían para pedir abundantes cosechas, la feliz realización de una empresa, caza numerosa, protección para las enfermedades, para el granizo, para el viento helado, la niebla y para todo lo que podía ser causa de desgracia o sinsabor.

Levantaban en su honor altares o monumentos a lo largo de los caminos.

Los llamaban apachetas y consistían en una cantidad de piedras amontonadas unas encima de las otras, formando un pequeño montículo.

Allí se detenía el indio a orar, a encomendarse a la Pachamama, cuando pasaba por el camino al alejarse del lugar por tiempo indeterminado o simplemente cuando se dirigía al valle llevando sus animales a pastar.

Para ponerse bajo la protección de la Pachamama, depositaba en la apacheta, coca, Ilicta, o cualquier alimento que tuviera en gran estima, seguro de conseguir el pedido hecho a la divinidad.

Respetuoso de la tradición y de las costumbres, el pueblo quichua jamás había olvidado sus obligaciones hacia los dioses que regían sus vidas.

Pero llegó un tiempo de gran abundancia en que los campos sembrados de maíz eran vergeles maravillosos que daban copiosa cosecha, la tierra se prodigaba con exuberancia y la ociosidad fue apoderándose de ese pueblo laborioso que, olvidando sus obligaciones, abandonó poco a poco el trabajo para dedicarse a la holganza, al vicio y a la orgía.

Se desperdiciaba el alimento que tan poco costaba conseguir, y con las espigas de maíz, que las plantas entregaban sin tasa, fabricaban chicha con la que llenaban vasijas en cantidades nunca vistas.

Fue una época sin precedentes.

El vicio dominaba a hombres y mujeres. Ellos, en su inconsciencia, sólo pensaban en entregarse a los placeres bebiendo de continuo y con exceso, comiendo en la misma forma y danzando durante todo el tiempo que no dedicaban al sueño o al descanso.

Los depósitos repletos proveían del alimento necesario y nadie pensó que esa fuente que les proporcionaba granos y frutos en abundancia, se agotaría alguna vez.

El desenfreno continuaba y nada había que llamara a ese pueblo a la reflexión y a la vida ordenada y normal.

Llegó la época en que se hacía imprescindible sembrar, si se pretendía cosechar.

Pero nadie pensaba en ello.

Inti, entonces, al comprobar que el pueblo desagradecido olvidaba los favores brindados por la Pachamama, queriendo darles su merecido, resolvió castigarlos.

Con el calor de sus rayos, que envió a la tierra como dardos de fuego, secó los ríos y lagunas, los lagos y las vertientes, y como consecuencia, la tierra se endureció, las plantas perdieron sus hojas verdes y sus flores, los tallos se doblaron y los troncos y las ramas de los árboles, resecos y polvorientos, parecían brazos retorcidos y sin vida.

En los graneros aun quedaban alimentos, y en los cántaros, chicha. ¿Qué importancia tenía, entonces, para esas gentes, que las plantas se secaran y que el río hubiera dejado de correr, y seco y sin vida, mostrara las paredes pedregosas de su lecho ?

Mientras durara la chicha no podría desaparecer la felicidad ni la alegría. Pero un día llegó en que, con asombro, comprobaron que los graneros no eran inagotables y que para servirse de sus granos y de sus frutos, era necesario depositarlos primero.

El alimento comenzó a escasear, y con ello las penurias, la miseria y el hambre hicieron su aparición.

Recapacitaron entonces los quichuas, decidiendo volver a trabajar los campos y a sembrarlos.
Pero el castigo de Inti no había terminado y la tierra, cada vez más reseca y dura, no se dejaba clavar los útiles con que pretendían labrarla y así era imposible poner la semilla.

La desolación y la miseria fueron las soberanas de ese pueblo que, en un instante, olvidó las leyes de sus dioses y sus obligaciones con la vida.

Los animales, flacos, sin fuerzas, morían en cantidad y parecía mentira que esos campos, que al presente se asemejaban al más desolado de los páramos, hubieran podido ser, alguna vez, praderas alegres cubiertas de hierbas y de árboles o de extensas plantaciones de maíz, en las que los frutos se ofrecían generosos.

Los niños, pobres víctimas inocentes de los pecados y de la disipación de los mayores, débiles, flacos, con los rostros macilentos, los ojos grandes y desorbitados, verdaderos exponentes de miseria y de dolor, sólo abrían sus bocas resecas para pedir algo que comer.

Los más débiles morían sin que nadie pudiera hacer algo por ellos.

El sol caía a plomo. De una de las casas de piedra que se hallaban en los alrededores de la población, una mujer salió, corriendo desesperada.

Era Urpila, que, enloquecida porque sus hijos morían de hambre y de sed, arrepentida de las faltas cometidas en los últimos tiempos y enrostrando a todos su vergüenza, su pecado y su olvido de Inti y de la Pachamama, corría a la primera apacheta del camino a pedir protección a la Madre Tierra y a depositar su ofrenda de coca y de Ilicta, últimas porciones que había podido conseguir.

Llegó a la apacheta y casi sin fuerzas, comenzó:

Pachamama,
Madre Tierra,
Kusiya... Kusiya...

Lloró y se desesperó ante el altar de la diosa, prometiendo enmienda y sacrificios.

Extenuada, sin fuerzas para continuar, se sentó en el suelo, apoyando su cuerpo cansado en el tronco de un árbol que crecía a pocos pasos y cuyas ramas secas parecían retorcerse en el espacio. Tan grande era su fatiga, tanta su debilidad, que, vencida, bajó la cabeza y no tardó en quedarse profundamente dormida. Tuvo sueños felices.

La Pachamama, valorando su arrepentimiento, llenó su alma de visiones de esperanza y acercándose a ella, con toda la grandeza que como diosa le concernía, le habló generosa:

— No te desesperes, mujer. El castigo ha dado sus frutos y el pueblo, arrepentido como tú misma, de su ocio y de su desenfreno, retornará a su existencia anterior, que es la justa, la verdadera. La vida renacerá sobre la tierra que volverá a brindar sus frutos y su belleza.

Cuando despiertes, y antes de irte, abre tus brazos y recibe las vainas que ha de regalarte este “Árbol”, desde hoy sagrado. Que las coman tus hijos y los hijos de las otras madres, que con ellas calmarán su hambre y apagarán su sed. Tu humildad y tu arrepentimiento han hecho posible este milagro que Inti realiza para ti.

Cuando Urpila despertó creyó morir, tal era su decepción. El aspecto de la tierra en nada había variado y la visión había desaparecido.

Se convenció de que su sueño había sido sólo eso: un sueño.
Pero, recapacitando, volvieron a su mente las palabras de la Pachamama y recordó al “Árbol”. Levantó entonces sus ojos hacia las ramas que parecían secas, y tal como la diosa lo anunciara, las vainas doradas se ofrecían a su desesperación como una esperanza de vida.

Cambió en un instante su estado de ánimo dándole fuerzas extraordinarias.

Se levantó ansiosa y cortó los frutos generosos hasta que entre sus brazos no cupieron más.
Entonces corrió al pueblo, hizo conocer la nueva y todos se lanzaron a buscar las milagrosas vainas color castaño, mientras ella repartía entre sus hijos el tesoro que encerraban sus brazos de madre y que le había concedido la Pachamama...

El pueblo volvió a la vida y veneró desde entonces al “Árbol Sagrado” que fue su salvación y que, a partir de ese día, les brindan pan y bebida que ellos reciben como un don.

Ese árbol venerado es el algarrobo, que tiene la virtud, además de las nombradas, de ser, en tiempos de grandes sequías, el único alimento de los animales.


Foto de mi querido algarrobo

REFERENCIAS

La algarroba es el fruto del algarrobo, del que se conocen dos clases: el blanco y el negro.
Ambos son árboles, pertenecientes a la familia de las leguminosas. El nombre científico del algarrobo blanco es: “Prosopis alba”.

Es este un árbol que proporciona grata y hermosa sombra, merced a su copa en forma de sombrilla, cubierta de espeso follaje. El tronco es grueso y rugoso. Las hojas, caducas, son compuestas, formadas por gran número de hojuelas de color verde oscuro.

Las flores que cubren el árbol en primavera son pequeñas, amarillentas y se dan en espigas tupidas. Contrariamente a lo que sucede en la generalidad de las plantas, en el algarrobo la parte más vistosa de la flor no es la corola, sino los estambres. El fruto es una legumbre de color claro. Cuando maduran las semillas que contiene, se torna más o menos carnoso, de agradable sabor y muy comestible.

Molido, se transforma en una harina con la que se fabrica el patay, que es un pan o torta de alto valor alimenticio por contener albúmina y gran cantidad de azúcar, provenientes de la algarroba. Dejando fermentar la algarroba pisada, mezclada con cierta cantidad de agua, se hace una bebida alcohólica llamada aloja. Este fruto constituye uno de los principales alimentos de los naturales que habitan la región donde crece el algarrobo.

Como la producción de algarroba es muy abundante, se recogen las vainas en gran cantidad y se conservan durante mucho tiempo, recurriendo a esta reserva en la época en que escasean los alimentos. Para el ganado, es nutritivo y muy eficaz.


Foto de las vainas, fruto del algarrobo.

Otra de las grandes utilidades del algarrobo reside en su madera dura, que se emplea en carpintería, en ebanistería —sobre todo en trabajos de torno—, en construcciones, para la fabricación de adoquines, etc..... Se la emplea como leña y para la fabricación del carbón de leña.

Existe, además del algarrobo blanco, como hemos dicho, el algarrobo negro, cuyas características son similares al que acabamos de describir, con la diferencia que el fruto maduro es una vaina negra.

Crecen ambas especies en nuestro país, en las provincias de Córdoba, San Luis, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Entre Ríos, Chaco y en la provincia de Formosa.

El algarrobo, planta que brindó a los primitivos habitantes de nuestro suelo, tanta y variada utilidad y sobre todo, completa alimentación, fue conocido en algunas regiones simplemente con el nombre de: “EL ÁRBOL” y se lo consideró árbol sagrado.

Los quichuas lo conocían con el nombre de TACU; los guaraníes lo llaman IVOPÉ y al algarrobo blanco: “IVOPÉ MOROTÍ”.

Esta leyenda fue extraída de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Tomo XII: CAILALAY (Abeja)

VOCABULARIO
INCA: Príncipe, Hijo
del Sol.
VIRACOCHA: Dios de
los peruanos. Nombraban
también así a
los españoles, a los
blancos.
PACHAMAMA: Madre
Tierra. Diosa a la que
adoraban.
COCA: Planta, cuyas
hojas, secas, masticaban
los indios.
LLICTA: La masa de
ceniza o de cal con
que se mastica la
coca.
CHICHA: Bebida
fermentada, generalmente
de maíz.
URPILA: Palomita
torcaza.
KUSIYA: ¡Ayúdame!
INTI: El Sol.